Ya está aquí…

“Llega la Navidad, con sabor de mazapán
con turrón de mieles y demás.
Vamos a celebrar la familia en el hogar
nuestra noche buena una vez más”

Parece ser que cada año esta canción comienza a sonar antes. La Navidad, antes reservada únicamente al mes de diciembre es cada vez más habitual en otros meses. No hay más que salir a la calle a finales del mes de octubre o principios de noviembre para ver como muchos ayuntamientos se preparan para la celebración de la Navidad (¡ojo! hay algunos que incluso no quitan la decoración en todo el año) o como en alguna que otra casa ya se vislumbran las primeras lucecitas de un árbol a medio preparar.

La tradición que suponía hasta hace unas décadas la Navidad ha quedado hecha añicos en los últimos años. Por un lado tenemos el efecto que los grandes centros comerciales han tenido sobre nuestro consumo en estas fechas tan señaladas. Antes nos limitábamos a regalar a nuestros seres queridos algo sencillito, un simple detalle. Como mucho en el caso de que el regalo fuera para un niño, intentábamos que fuera algo más espectacular, para sorprender al pequeño. Ahora, sin embargo, todo es diferente. Los grandes comercios utilizan el marketing como herramienta para que el consumo aumente y desde luego, hasta ahora han conseguido su objetivo. Cuando llega la Navidad la gente es invadida por un extraño síndrome y comienza a comprar compulsivamente: que si cinco regalos para el niño, otros tantos para el sobrino, para los abuelos, tíos, amigos… En fin, que al final se terminan gastando el sueldo de ese mismo mes en hacer regalos espectaculares, cuando lo verdaderamente importante es el simple detalle de hacer el regalo.

Eso si, no sólo tienen la culpa de la perdida de la Navidad los grandes comercios; nosotros también somos un factor importante en este proceso. No hace muchos años la Navidad significaba reunirse con la familia y celebrar una antigua tradición. Diciembre era la época en la que nos reuníamos con los seres queridos que no habíamos visto en todo el año y recordábamos viejas hazañas. Ahora, no. Hoy en día sólo importa reunirse con la familia una mañana, darse los regalos y despedirse hasta otro año. La tradición, la unión de la familia, en resumidas cuentas, la ilusión de celebrar la Navidad han desaparecido.

Así que, llegados a este punto, deberíamos preguntarnos: ¿Qué es más importante, la tradición, la familia y la unión que significa la Navidad o los regalos? Yo desde luego tengo claro que prefiero una buena cena con los míos antes que todos los regalos del mundo.

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